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Venezuela: Imperialismo estadounidense alimenta protestas derechistas ¡Romper con el chavismo!¡Por un partido obrero revolucionario! (Junio de 2014)

2016.06.06 14:53 ShaunaDorothy Venezuela: Imperialismo estadounidense alimenta protestas derechistas ¡Romper con el chavismo!¡Por un partido obrero revolucionario! (Junio de 2014)

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Espartaco No. 41 Junio de 2014
Por casi ocho semanas, estudiantes y manifestantes de clase media han estado levantando barricadas en los vecindarios acomodados de Caracas y otras ciudades venezolanas exigiendo la salida del presidente Nicolás Maduro. Si bien desprecian a las masas oprimidas del país y desvarían sobre una supuesta infiltración cubana en el gobierno, los manifestantes también han intentado aprovecharse de quejas populares muy reales, como la escasez de bienes —por ejemplo, el aceite para cocinar, la harina y el papel de baño—, la inflación ascendente y las altas tasas de criminalidad. El gobierno ha convocado a la Guardia Nacional contra las protestas, pero de acuerdo a varios informes, los propios manifestantes son responsables de muchas de las casi 40 muertes. También hay rumores acerca de un intento de golpe de estado, lo que el 24 de marzo llevó al arresto de tres generales de la fuerza aérea.
Los imperialistas estadounidenses, que respaldan a la oposición derechista, así como sus voceros en los medios, han hecho un gran escándalo en torno a la represión gubernamental en Venezuela. El 4 de marzo, la Cámara de Representantes estadounidense pasó una resolución condenando al gobierno de Maduro por 393 votos contra uno. El mes pasado, el secretario de estado John Kerry amenazó con sanciones contra Venezuela y denunció a Maduro por llevar a cabo “una campaña de terror contra su propio pueblo”. (En realidad, el secretario de estado estadounidense es el verdadero experto en dirigir “campañas de terror” contra poblaciones civiles.) Los congresistas gusanos de Florida ya están salivando ante la posibilidad de derrocar a Maduro y detener los 100 mil barriles de petróleo que Venezuela envía a Cuba diariamente, en parte a cambio de los servicios de 30 mil médicos y demás personal cubano.
Entre las figuras dirigentes de la protesta se cuentan los políticos de la oposición neoliberal María Corina Machado, a quien hace poco se le retiró la inmunidad parlamentaria, y el ahora preso Leopoldo López. Machado, congresista por un distrito pudiente, a quien se le conoce como “la dama de hierro venezolana” por sus ideas conservadoras, recibió en 2005 un homenaje de George W. Bush en la Casa Blanca por sus intentos de minar el régimen del predecesor de Maduro, Hugo Chávez. El grupo que ella ayudó a fundar, Súmate, ha recibido dinero del National Endowment for Democracy (Fundación Nacional para la Democracia, NED), un bien conocido frente de la CIA. López, un egresado de la escuela Kennedy de gobierno de la Universidad de Harvard, tiene la bendición del Inter-American Dialogue, un comité de asesores financiado por ExxonMobil, Chevron y la estadounidense Agencia para el Desarrollo Internacional (AID, por sus siglas en inglés), que también es un conducto de la CIA. Miembro de la oligarquía venezolana, es un descendiente adinerado del nacionalista latinoamericano del siglo XIX, Simón Bolívar.
Desde que Chávez fue electo por primera vez en 1998, los imperialistas estadounidenses han buscado colocar en Caracas a alguien más de su gusto. Cientos de millones de dólares en fondos estadounidenses han financiado intentos de minar al gobierno venezolano mediante los programas “humanitarios” de la estadounidense AID y las becas del NED para capacitar activistas políticos y darles “asistencia democrática”. Derrocar al régimen fue la meta del fallido golpe de estado que Estados Unidos respaldó en abril de 2002, de los lockouts capitalistas diseñados para dañar la industria petrolera en el invierno de 2002-03 y de la campaña por deponer a Chávez en 2004. Después de que Maduro fuera electo por un estrecho margen en abril de 2013, los agentes locales de Washington alegaron fraude e intentaron anular los resultados a favor de su candidato.
Varios capitalistas venezolanos hacen sus fortunas como prestanombres de intereses imperialistas. Uno de ellos es Gustavo Cisneros. La familia Cisneros amasó una inmensa fortuna con la distribución de Pepsi en Venezuela, pasando luego a los medios de comunicación y otras industrias. Por haber apoyado el golpe fallido contra Chávez en 2002, la de Cisneros y otras tres estaciones de televisión se ganaron el apodo de “los cuatro jinetes del apocalipsis”.
En la profundamente polarizada sociedad venezolana, los pobres y los trabajadores en su gran mayoría siguen atados al chavismo, el populismo nacionalista de izquierda asociado con el caudillo Chávez y adoptado por Maduro, quien cobró prominencia a la sombra de Chávez. Éste consolidó su apoyo popular denunciando las intervenciones militares del imperialismo estadounidense en el mundo y rechazando sus políticas en América Latina. Usó la riqueza generada por la venta del petróleo para financiar programas sociales, como el subsidio a los alimentos y la mejora de las pensiones y la atención médica (esta última con ayuda de Cuba).
En los primeros doce años de gobierno de Chávez el consumo calórico de la población aumento 50 por ciento y la tasa de pobreza cayó de más del 50 por ciento a menos del 30. También hizo más difíciles los despidos, hizo obligatorias las pensiones a los trabajadores domésticos y alzó continuamente el salario mínimo. A diferencia de la élite tradicional que presume sus raíces europeas mientras exuda desprecio por los pobres, Chávez se jactaba de su herencia como zambo (mezcla de africano e indígena). Cuando Maduro —el vicepresidente de Chávez y su sucesor designado— fue electo presidente por escaso margen tras la muerte de Chávez hace un año, prometió continuar la “Revolución Bolivariana” que éste inició en 1999.
Pese a estar en la mira del imperialismo estadounidense y ser odiado por la capa de la burguesía venezolana más estrechamente asociada a éste, el gobierno que encabeza Maduro, como el de Chávez antes que él, es un gobierno capitalista. El propio Chávez enfatizó repetidamente que su régimen no representaba un riesgo para la propiedad privada. Aunque los marxistas apoyamos que se establezcan programas de bienestar social para los pobres y defendemos [contra los imperialistas] las nacionalizaciones en los países dependientes, estas medidas no alteran de ninguna forma el carácter capitalista de la sociedad, sin importar la cantidad de envoltura “socialista” que se le ponga.
De hecho, el populismo nacionalista chavista ayuda a desviar la lucha social y ata ideológicamente a las masas empobrecidas y a la clase obrera al dominio capitalista. [En ocasiones,] las nacionalizaciones de tierras y compañías privadas —llevadas a cabo en gran medida mediante compras del gobierno— representan un medio por el que los países bajo dominación imperialista pueden alcanzar un grado de independencia económica. Pero lejos de colocar la riqueza productiva de la sociedad en manos de los trabajadores, estas nacionalizaciones le han ayudado a los compinches de Chávez en la llamada boliburguesía (burguesía bolivariana) a llenar sus bolsillos.
La política de Estados Unidos en América Latina ha dejado un sangriento rastro de siglos de intervenciones, dictadores impuestos por el gobierno estadounidense y escuadrones de la muerte. Está en el interés de los trabajadores, tanto de Estados Unidos como de Venezuela, oponerse a todo golpe respaldado por Estados Unidos así como a toda otra forma de intervención imperialista en el país. Al mismo tiempo, apoyar políticamente al chavismo y al régimen de Maduro sólo subordina a la clase obrera venezolana a sus explotadores capitalistas. Por eso, durante el referéndum de 2004 para revocar a Chávez, nosotros argumentamos por la abstención en lugar del no. Como escribimos en “U.S. Imperialism´s Referendum Ploy Fails—Populist Capitalist Ruler Chávez Prevails” (La maniobra del referéndum del imperialismo estadounidense fracasa: El gobernante capitalista populista Chávez triunfa, WV No. 831, 3 de septiembre de 2004):
“La perspectiva inmediata que se plantea con urgencia es no sólo oponerse a las incursiones del imperialismo estadounidense a Venezuela y demás países, sino luchar por romper el apoyo del movimiento obrero tanto a Chávez como a la oposición, y el forjar un partido obrero revolucionario e internacionalista que dirija a la clase obrera al poder. Eso requiere una lucha intransigente contra el nacionalismo en Venezuela, que oscurece las divisiones de clase en el país. Sólo una lucha victoriosa por el poder de la clase obrera, es decir, por la revolución socialista a lo largo de las Américas, puede otorgarle tierra a los que no la tienen y permitir que los obreros del petróleo y el resto del proletariado disfruten de la riqueza que su trabajo produce”.
Populismo nacionalista: Callejón sin salida para los trabajadores
Como Lázaro Cárdenas, que gobernó México en la década de 1930, o el argentino Juan Domingo Perón en la de los 40 y 50, Chávez, un antiguo coronel que en 1992 había intentado en vano un golpe de estado, fue lo que los marxistas llamamos un gobernante bonapartista. El término se aplica a un caudillo, típicamente un (ex)dirigente militar como el original Napoleón Bonaparte, que encabeza un régimen que en un periodo de crisis lo eleva a la posición de “líder de la nación”. Como explicó el revolucionario marxista León Trotsky escribiendo sobre el régimen de Cárdenas que expropió la industria petrolera:
“En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno gira entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capitalismo extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros”.
—“La industria nacionalizada y la administración obrera” (1939)
La reforma populista y la austeridad neoliberal son dos caras del dominio de clase capitalista en los países dependientes, es decir, son las dos políticas alternativas de las que dispone la burguesía nacional, como se ha demostrado en la propia Venezuela. En 1976, el presidente Carlos Andrés Pérez nacionalizó la industria petrolera con compensación. Animado por el aumento de los precios del petróleo, invirtió fuertemente en programas sociales, expandiendo los empleos públicos y mejorando la educación y la atención médica. Pero cuando Pérez fue electo nuevamente en 1989, el mercado petrolero se había derrumbado, así que implementó una austeridad masiva en nombre del Fondo Monetario Internacional.
La principal preocupación de Chávez al llegar al poder en 1998 fue resolver el problema de los tambaleantes réditos petroleros del país, la vida misma de la burguesía venezolana. Inmediatamente procedió a disciplinar al sindicato de obreros petroleros y en general a aumentar la eficiencia de la industria petrolera de propiedad pública, mientras presionaba al cártel petrolero de la OPEP para que hiciera subir los precios. Fue gracias a esos esfuerzos, y en interés de la estabilidad social, que en un principio gran parte de la clase dominante apoyó a Chávez. Eso incluyó de manera prominente a sus antiguos compañeros en el alto mando del ejército, que cumplieron una función clave en restaurarlo en el poder tras el efímero golpe de estado de 2002.
Chávez tuvo suerte: los precios del petróleo se incrementaron de 10.87 dólares por barril en 1998 a 96.13 en 2013. Sin embargo, el precio del petróleo es notoriamente inestable y Estados Unidos, el mayor comprador de petróleo venezolano, ha reducido sus importaciones. Los programas de bienestar social que Chávez introdujo no pueden sostenerse a largo plazo bajo el capitalismo. Con su productividad en declive arrastrando consigo a la economía, Venezuela se las ha arreglado para mantenerse a flote gracias en buena medida a los miles de millones de dólares que el estado obrero deformado chino le ha prestado a cambio de petróleo.
Gran parte de la clase capitalista venezolana se enriqueció desviando la riqueza petrolera del país. El que Chávez invirtiera estas remesas en reformas sociales enfureció a elementos de la burguesía que por mucho tiempo habían considerado este dinero como su caja personal. Cuando Chávez implementó controles a los precios y las divisas y llevó a cabo nacionalizaciones, la división se profundizó. Desde que Chávez llegó al poder, cerca de un millón de venezolanos ricos y clasemedieros han abandonado el país. Muchos han enviado su dinero al extranjero, incluyendo a Miami, el nido de víboras de los exiliados anticomunistas cubanos. En respuesta, el gobierno instituyó más controles de precios y divisas, lo que dificultó que las compañías privadas obtuvieran capital, endureciendo la oposición al gobierno. Como resultado, muchos capitalistas manufactureros, como los de la industria automotriz, han cerrado sus fábricas, aumentando la dependencia de Venezuela de los bienes importados.
Para aumentar sus ganancias, muchas tiendas privadas se han negado a vender sus productos a las tasas oficiales del gobierno, insistiendo en cobrar precios más altos. Los especuladores exportan ilegalmente a Colombia los productos básicos que el gobierno subsidia para venderlos más caros. Se reporta que el acaparamiento es extendido. La “solución de mercado” tradicional, es decir, relajar los controles de precios y divisas así como los subsidios que introdujo Chávez, sin duda alentaría a los capitalistas privados a producir y vender más productos. Tal como ocurre en Colombia y otros países latinoamericanos, semejantes medidas serían benéficas para los libros contables de los capitalistas, pero desastrosas para todos los demás.
En la Venezuela actual, los pobres no pasan hambre, pero la escasez de productos básicos ha hecho sus condiciones más miserables. Mientras la riqueza productiva de la sociedad permanezca en manos privadas, la producción estará guiada por aquello que aumente la ganancia capitalista. Las masas seguirán sujetas a la explotación y la opresión y el desarrollo económico seguirá subordinado a los mandatos del mercado mundial dominado por el imperialismo. El sufrimiento de los pobres urbanos y rurales no podrá encontrar un remedio permanente sin el aplastamiento del estado burgués y el derrocamiento del orden social capitalista. La perspectiva de la Liga Comunista Internacional es una serie de revoluciones obreras a lo largo del globo, que pavimenten el camino a una economía colectivizada e internacionalmente planificada y a la consecuente expansión de las fuerzas productivas de la sociedad de acuerdo con las necesidades humanas.
Apologistas de izquierda del chavismo
La mayoría de las organizaciones que se describen como socialistas se apresuraron a apoyar la “Revolución Bolivariana” de Hugo Chávez y siguen actuando como el departamento de publicidad izquierdista de Maduro. Alan Woods, que dirige la Corriente Marxista Internacional (CMI) destaca entre estos especímenes, jactándose de ser un asesor “trotskista”, primero de Chávez y ahora de Maduro. El artículo de Woods del 5 de marzo “¡Hay que cumplir con el legado de Hugo Chávez!” (laizquierdasocialista.org) alaba a las masas trabajadoras que “han salvado la Revolución y la han empujado hacia delante” y les insta a que sean firmes con los “reformistas” y los “burócratas” del gobierno en Caracas.
En su declaración “Hugo Chávez ha muerto—¡La lucha por el socialismo vive!” (6 de marzo de 2013), la CMI explica: “Hugo Chávez ha muerto antes de poder completar la enorme tarea que se había comprometido a cumplir: la revolución socialista en Venezuela. Ahora depende de la clase obrera y el campesinado —la auténtica fuerza motriz de la revolución bolivariana— el completar esta tarea”. Luego implora: “debemos asegurarnos que el próximo gobierno aplique una política socialista”.
La CMI querría que las masas obreras sirvieran de infantería para promover la posición de Maduro, ayudando así a consolidar el dominio capitalista. Glorificar al antiguo coronel del ejército y a su acólito, que han estado administrando el represivo estado burgués venezolano por los últimos 16 años, desarma a los obreros y los ata a un ala de la clase dominante de Venezuela. La única defensa confiable contra el empobrecimiento capitalista, ya sea impuesto por la oposición derechista o por el gobierno de Maduro, es la lucha independiente de la clase obrera. Y la lucha por el socialismo sólo puede avanzar si el proletariado lucha bajo su propia bandera. El socialismo no resultará de la “Revolución Bolivariana” que no hace nada para desafiar la propiedad capitalista, sino de una revolución obrera que barra el aparato estatal burgués y expropie la propiedad capitalista.
La CMI ve en la “Revolución Bolivariana” una repetición de la Revolución Cubana. Como lo puso el vocero de la CMI Jorge Martín: “Esta dinámica de acción y reacción de la revolución venezolana nos recuerda fuertemente a los primeros años de la revolución cubana”. Esa comparación, sin embargo, no tiene ninguna base en la realidad.
Cuando las fuerzas de Castro entraron en La Habana el 1° de enero de 1959, culminando varios años de guerra de guerrillas, el ejército burgués y el resto del aparato del estado capitalista, que habían sostenido la dictadura de Batista respaldada por Estados Unidos, colapsaron en desorden. Al principio, los heterogéneos rebeldes pequeñoburgueses no estaban comprometidos más que con un programa de reformas democráticas radicales, pero, bajo la presión del imperialismo estadounidense, empezaron las nacionalizaciones. Para el momento en que Castro declaró a Cuba “socialista” en 1961, la burguesía cubana, los imperialistas estadounidenses y sus sicarios de la CIA y de la mafia ya habían huido y la propiedad capitalista había sido expropiada. Muy al contrario de lo que ocurrió en Venezuela, donde la burguesía está intacta como clase, lo que se estableció en Cuba en 1960-61 fue un estado obrero deformado: una sociedad en la que la propiedad privada fue colectivizada, pero es una casta burocrática parasitaria, y no la clase obrera, la que tiene el poder político.
El hecho de que un movimiento guerrillero pequeñoburgués pudiera derrocar el dominio capitalista se debió a circunstancias históricamente excepcionales: la ausencia de la clase obrera como contendiente por el poder por derecho propio, el cerco hostil del imperialismo y la huida de la burguesía nacional, y el salvavidas que arrojó la Unión Soviética. El propio estado obrero cubano tuvo como modelo a la Unión Soviética tras su degeneración burocrática a manos de los usurpadores estalinistas que inició en 1923-24. Como lo hicimos con el estado obrero degenerado soviético antes de su destrucción, llamamos por la defensa militar incondicional de Cuba y por una revolución política obrera que derroque a la casta burocrática gobernante.
En Cuba la burocracia castrista abraza el dogma estalinista del “socialismo en un solo país”. De este modo, niega la necesidad de la revolución proletaria internacionalmente, no sólo en el resto de América Latina, sino particularmente en el mundo capitalista avanzado. Minando aún más la defensa de Cuba, la burocracia se ha acomodado a todo tipo de regímenes capitalistas antiobreros, dándoles una cobertura “revolucionaria”. Mientras tanto, diversas “reformas de mercado” adoptadas en respuesta a los severos problemas económicos postsoviéticos de Cuba han provocado una desigualdad creciente (ver “Cuba: Crisis económica y ‘reformas de mercado’”, Espartaco No. 34, otoño de 2011).
En aquellos países, como Venezuela, donde el capitalismo surgió tardíamente, las burguesías son demasiado débiles, le temen demasiado al proletariado y dependen demasiado del mercado mundial —dominado por Estados Unidos, Europa y Japón— como para romper las cadenas de la subyugación imperialista y resolver la pobreza de las masas y otros problemas sociales candentes. El único camino hacia delante, como lo puso Trotsky en La revolución permanente (1930), es la lucha por “la dictadura del proletariado, empuñando éste el Poder, como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas”. La dictadura del proletariado pondría en el orden del día no sólo las tareas democráticas, sino también las socialistas, como la colectivización de la economía, dándole un poderoso impulso a la revolución socialista internacional. Sólo la victoria del proletariado en el mundo capitalista avanzado impediría definitivamente la restauración burguesa y aseguraría la posibilidad de concluir la construcción socialista.
Es tarea de los marxistas romper las ilusiones en populistas burgueses como Chávez para forjar partidos revolucionarios de la clase obrera. Como escribimos en “Venezuela: Nacionalismo populista vs. revolución proletaria” (Espartaco No. 25, primavera de 2006):
“La historia tiene reservado un severo veredicto para aquellos ‘izquierdistas’ que promueven a uno u otro caudillo capitalista con retórica izquierdista. El camino hacia delante para los oprimidos de todas las Américas no está en pintar a los hombres fuertes nacionalistas como revolucionarios, ni a las incursiones populistas como revoluciones. Está, por el contrario, en la construcción de secciones nacionales de una IV Internacional reforjada en el espíritu de una hostilidad revolucionaria intransigente a todas y cada una de las formas del dominio capitalista”.
Al sur del Río Bravo, estos partidos tendrán que construirse en una lucha política contra las extendidas ilusiones en el populismo y el nacionalismo. En Estados Unidos, un partido obrero revolucionario tendrá que construirse en la lucha por arrancar al proletariado del capitalista Partido Demócrata y por movilizarlo en solidaridad con todos aquellos oprimidos y explotados por el imperialismo estadounidense alrededor del mundo.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/41/venezuela.html
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2016.06.04 04:27 ShaunaDorothy ¡Defender las conquistas de la Revolución Cubana! Cuba: Crisis económica y “reformas de mercado” ¡Por la revolución política obrera!(1 - 2) (Otoño de 2011)

https://archive.is/OkPrG
Espartaco No. 34
Otoño de 2011
¡Defender las conquistas de la Revolución Cubana!
Cuba: Crisis económica y “reformas de mercado”
¡Por la revolución política obrera!
¡Por la revolución socialista en toda América!
El siguiente artículo ha sido traducido de Workers Vanguard, periódico de nuestros camaradas de la SL/U.S., No. 986, 16 de septiembre de 2011.
A principios de agosto, la Asamblea Nacional cubana endosó un plan de reformas económicas orientadas al mercado para los próximos cinco años, el cual ya había sido adoptado en la primavera por el VI Congreso del Partido Comunista Cubano. Entre las medidas planeadas se encuentra la eliminación de más de un millón de empleos estatales (20 por ciento de la fuerza laboral), importantes recortes a subsidios estatales, una expansión enorme en el sector de la pequeña empresa e incentivos adicionales para atraer inversión extranjera.
Desde que se anunciaron en agosto de 2010, el componente principal de estas “reformas de mercado” ha sido la eliminación de un millón de empleos estatales. La burocracia de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), controlada por el estado, ha jugado un importante papel en la promoción de estos recortes, al afirmar descaradamente que son esenciales para “seguir perfeccionando el socialismo”. En la manifestación del Primero de Mayo de este año en La Habana, la CTC marchó bajo la consigna: “unidad, productividad y eficiencia”.
Originalmente, estos recortes deberían haber sido implementados para marzo, pero el plazo se cumplió sin novedad. El congreso del Partido Comunista del mes siguiente debía ponerlos en marcha, pero decidió posponerlos de nuevo debido a los reportes de descontento masivo. Ya desde octubre de 2010, la agencia noticiosa Reuters informó que funcionarios del partido tuvieron que presentarse en el Hotel Habana Libre para “calmar a los trabajadores” cuando éstos se enteraron de los despidos proyectados. Los trabajadores despedidos sólo obtendrán liquidaciones por un corto periodo de tiempo, correspondientes, como máximo, al 60 por ciento de sus salarios.
El objetivo declarado de las “reformas” es reactivar la estancada economía cubana, que nunca se ha recuperado completamente de la severa crisis que siguió a la restauración del capitalismo en la Unión Soviética hace más de dos décadas. A pesar del dominio de la burocracia estalinista, el estado obrero soviético proporcionaba un salvavidas económico crucial para esta pequeña y empobrecida isla, que luchaba por sobrevivir bajo la sombra del monstruo imperialista estadounidense. La Unión Soviética también representaba un obstáculo militar para las revanchistas ambiciones contrarrevolucionarias de Washington.
Los severos problemas económicos del periodo postsoviético se incrementaron en 2008, cuando Cuba fue sacudida por la crisis financiera capitalista global. El precio del níquel, el principal producto de exportación cubano, bajó hasta en un 80 por ciento, mientras que las remesas enviadas por los cubanos residentes en EE.UU. disminuyeron de forma sustancial. Ese mismo año, los huracanes destruyeron infraestructura con valor de diez mil millones de dólares. De frente a un déficit comercial de casi doce mil millones de dólares, Cuba se vio obligada a suspender sus pagos a los acreedores extranjeros. El hecho de que los doctores y otros profesionistas cubanos que trabajan en el extranjero sean la fuente del 60 por ciento de los ingresos en divisa fuerte, seguidos de la industria turística, es testimonio del terrible estado en el que se encuentra la economía cubana.
Tanto los comentaristas burgueses como los de la izquierda han aprovechado los recientes anuncios del régimen para hacer las más disímiles predicciones. Éstas van desde el optimismo fatuo sobre las perspectivas de que la aislada Cuba avance hacia el socialismo, hasta las afirmaciones de que el capitalismo está siendo, o ya fue, restaurado en la isla. Para entender por qué dichos puntos de vista son falaces se requiere un entendimiento marxista de la naturaleza de clase del estado cubano y de su burocracia estalinista en el poder.
Los trotskistas no tomamos lado en el debate entre los que abogan por reformas de mercado/descentralización y aquéllos que preferirían regresar a una economía más rígidamente centralizada. Nuestro punto de partida es el entendimiento de que Cuba es un estado obrero burocráticamente deformado, una sociedad en donde el capitalismo ha sido derrocado pero el poder político es monopolio de una casta gobernante parasitaria, cuyos privilegios derivan de la administración de la economía colectivizada. Como demuestra el ejemplo de China, hay una tendencia inherente en esos regímenes a abandonar la planificación burocrática centralizada a favor de mecanismos de mercado. Hostiles intrínsecamente a la democracia obrera, recurren a la disciplina del mercado (y a la fila de desempleados) como un látigo para incrementar la productividad laboral.
A pesar de las distorsiones del dominio burocrático, primero bajo Fidel Castro y ahora bajo su hermano y lugarteniente de muchos años, Raúl, los obreros y campesinos de Cuba han obtenido enormes conquistas gracias al derrocamiento del capitalismo. La eliminación de la producción con fines de lucro a través de la colectivización de los medios de producción, junto con la planeación económica centralizada y el monopolio estatal sobre el comercio exterior y la inversión extranjera, proporcionaron empleo, vivienda y educación para todos y removieron el yugo del dominio imperialista directo. Cuba tiene una de las tasas de alfabetización más altas del mundo y un reconocido sistema de salud. La tasa de mortalidad infantil es más baja que en EE.UU., Canadá y la Unión Europea. El aborto es un servicio de salud gratuito y fácilmente asequible.
En la Liga Comunista Internacional estamos por la defensa militar incondicional del estado obrero deformado cubano contra el imperialismo y la contrarrevolución capitalista interna. Llamamos por poner fin al paralizante embargo económico impuesto por Washington y exigimos el retiro de EE.UU. de la Bahía de Guantánamo. Al mismo tiempo, llamamos a que el proletariado cubano barra con la burocracia castrista a través de una revolución política que establezca un régimen de democracia obrera. Ésa es la única manera de remediar la corrupción, la ineficiencia y la escasez endémicas a la mala administración burocrática, que detienen el crecimiento económico y crean enormes dislocamientos.
La explicación de Trotsky de las raíces materiales de la burocracia soviética en su libro de 1937 La revolución traicionada puede ser aplicada igualmente al régimen cubano de hoy:
“La autoridad burocrática tiene como base la pobreza de artículos de consumo y la lucha de todos contra todos que de allí resulta. Cuando hay bastantes mercancías en el almacén, los parroquianos pueden llegar en cualquier momento; cuando hay pocas mercancías, tienen que hacer cola en la puerta. Tan pronto como la cola es demasiado larga se impone la presencia de un agente de policía que mantenga el orden. Tal es el punto de partida de la burocracia soviética. ‘Sabe’ a quién hay que dar y quién debe esperar”.
Desde el origen del estado obrero cubano, la burocracia en el poder ha actuado como un obstáculo al avance ulterior hacia el socialismo: una sociedad igualitaria y sin clases que requiere de niveles de producción cualitativamente más elevados que incluso los del país capitalista más avanzado. En cambio, los estalinistas empujan el mito del “socialismo en un solo país”, que en la práctica significa oponerse a la perspectiva de la revolución obrera internacional y conciliar con el imperialismo mundial y sus clientes neocoloniales a través de una política de “coexistencia pacífica”.
Una Cuba gobernada por consejos electos de obreros y campesinos —abiertos a todos los partidos que defiendan la revolución— sería un faro para los trabajadores de toda Latinoamérica y más allá. En última instancia, la respuesta al atraso económico de Cuba y el único camino hacia un futuro de abundancia material, igualdad social y libertad personal es la revolución proletaria internacional —particularmente en el bastión imperialista estadounidense— que conduzca a una planeación económica global y racional y a un orden socialista igualitario. El corolario obligado a esta perspectiva es el forjamiento de un partido trotskista en Cuba, parte de una IV Internacional reforjada, que dirija una revolución política proletaria a la victoria.
El “Periodo Especial” y la “reforma” burocrática
Aunque las “reformas de mercado” propuestas son profundas, el tipo de políticas que representan difícilmente son algo nuevo en Cuba. A partir de 1993, es decir, poco después de la destrucción de la Unión Soviética, el régimen de Castro emprendió una serie de políticas orientadas al mercado para lidiar con el llamado “Periodo Especial”. Éstas incluyeron la legalización del autoempleo y la posesión individual de dólares, así como una importante expansión del turismo extranjero, incluso a través de empresas de inversión mixta.
El efecto más dramático de estas medidas fue el enorme incremento de la desigualdad en la isla. En un contexto de corrupción pequeña y no tanto, la lucha por obtener divisas fuertes se ha vuelto el factor dominante en las vidas de los trabajadores cubanos. Bajo el sistema de divisas dual, los trabajadores reciben su salario en pesos cubanos, pero la mayor parte de los bienes sólo pueden adquirirse en tiendas especiales o en el mercado negro usando una divisa denominada peso convertible (CUC), cuyo valor equivale a 24 pesos cubanos y es la moneda usada por los turistas. Esta situación ha obligado a la mayoría de los trabajadores a tomar segundos y hasta terceros empleos para satisfacer necesidades básicas, lo que en consecuencia afecta seriamente la productividad laboral. Cuba también ha atestiguado el resurgimiento de la prostitución.
Aquéllos que tienen acceso a divisa fuerte gracias a las remesas del extranjero, la industria turística u otras fuentes ahora tienen estándares de vida mucho más altos que el resto de los cubanos. Entre estos últimos está la mayoría de los negros cubanos, que tienen mucha menor probabilidad de tener parientes en Miami y están subrepresentados en el sector laboral turístico. Aunque los negros obtuvieron enormes conquistas con la Revolución Cubana, muchos de estos avances están siendo revertidos.
A partir de 1996, Cuba logró emerger de las profundidades del Periodo Especial y experimentó algo de crecimiento económico, aunque sobre una base limitada. En 2002, un 40 por ciento de los ingenios azucareros, cuya producción solía ser exportada en su gran mayoría a la URSS, fue clausurado en un intento por diversificar la agricultura y alimentar a la población. Sin embargo, ante la constante escasez de equipo y combustible y en el contexto de una desorganización considerable, la producción de alimentos siguió estancada. Para 2006, 40 por ciento de los camiones a disposición de la agencia estatal responsable de fomentar y distribuir la producción agrícola estaba fuera de servicio, mientras que el resto tenía al menos 20 años de antigüedad.
Dado que la mitad de la tierra agrícola sigue siendo improductiva, Cuba tiene que importar 80 por ciento de sus alimentos, en gran parte de EE.UU. Un artículo de Brian Pollitt, profesor de la Universidad de Glasgow, resume la terrible situación: “Mientras que en 1989 la exportación de azúcar de Cuba podía financiar por sí misma cuatro veces la importación de alimentos a la isla, durante los años 2004-06, el combinado de sus exportaciones de azúcar, tabaco y otros productos agrícolas y de pesca no podía financiar siquiera la mitad de las importaciones alimentarias” (International Journal of Cuban Studies, junio de 2009).
La amenaza de despidos masivos
Los lineamientos económicos aprobados por el régimen tienen como objetivo mejorar el desempeño económico a través de condiciones más duras para el pueblo cubano. Afirman que es necesario “reducir o eliminar gastos excesivos en la esfera social...y evaluar todas las actividades que puedan pasar del sector presupuestado [estatal] al sistema empresarial”. En 2009, el gobierno ordenó el cierre de las cafeterías en todos los lugares de trabajo, otorgando a los trabajadores un aumento salarial de quince pesos cubanos (equivalente a unos 70 centavos de dólar). Mientras tanto, el ya de por sí precario paquete de alimentos básicos, disponible a través de las libretas de racionamiento a precios módicos, está siendo reducido aún más.
Las nuevas medidas buscan fomentar una mayor inversión por parte de compañías europeas, canadienses y de otros países relajando las restricciones sobre la propiedad extranjera de bienes raíces, entre otras cosas a través de arriendos de 99 años y la legalización de la compra y venta de casas. También se contempla expandir enormemente la inversión extranjera directa a través de empresas de inversión mixta y zonas económicas especiales. Las reformas buscan promover el crecimiento del hasta ahora muy limitado sector privado por varios medios: la eliminación de las restricciones para el autoempleo, la disminución del control sobre la venta de la producción agrícola privada y la aceptación formal de la existencia de las pequeñas empresas privadas, en un intento por regular y gravar con impuestos la economía informal. Por primera vez desde 1968, se permitirá que estas empresas empleen gente fuera de sus propias familias. Estas medidas no pueden más que conducir a una desigualdad incluso mayor. También van a servir para incrementar la influencia económica de los cubanos derechistas en el exilio, dado que los cubanos con familiares en EE.UU. estarán entre los pocos con el capital suficiente para iniciar un negocio.
La campaña por parte de un sector de los imperialistas estadounidenses (centrado en los agribusiness) para relajar el embargo sin detener la presión diplomática y política contra Cuba señala otro camino posible para subvertir la economía socializada: inundarla de importaciones baratas. Este enfoque corresponde a la política que sostienen desde hace mucho los gobernantes de Europa Occidental y Canadá. Desde luego, Cuba debe tener derecho a comerciar y tener relaciones diplomáticas con los países capitalistas. Sin embargo, esto subraya la importancia del monopolio estatal sobre el comercio exterior —es decir, un estricto control gubernamental sobre las importaciones y las exportaciones—.
El gobierno dice que espera que el 40 por ciento de los trabajadores que pierdan su empleo sea transferido a cooperativas, mientras que el resto será instado a iniciar pequeños negocios, autoemplearse o buscar otro trabajo. Un documento del partido admite que gran parte de los nuevos negocios podrían quebrar en el lapso de un año debido a la carencia de crédito y materias primas. Las perspectivas de muchos trabajadores de sobrevivir en ocupaciones de subsistencia como la venta de comida y la reparación de calzado, en el contexto de las dificultades económicas, son desalentadoras, por decir lo menos.
Las compañías estatales también adquirirán mayor autonomía: si son incapaces de financiar su propia operación serán liquidadas. Como explicamos en el contexto de las “reformas de mercado” introducidas en los últimos años de la Unión Soviética, este tipo de medidas impulsan a los administradores estatales a competir unos contra otros para comprar y producir barato y vender caro. Esto, a su vez, tiende a minar el control estatal sobre el comercio exterior y alimentar ulteriormente los apetitos procapitalistas de sectores de la burocracia. Por lo que respecta al esquema del régimen de “perfeccionamiento de las empresas estatales” que vincula los salarios a la productividad, no se trata más que de pago a destajo, que sirve para socavar la solidaridad básica de la clase obrera transformando a los trabajadores en competidores individuales por salarios más altos. Bajo el dominio estalinista, este tipo de esquemas, que plantean anarquía económica y mayor desigualdad, son la única “respuesta” posible a las distorsiones creadas por la rigidez y el comandismo burocráticos.
Los orígenes del estado obrero deformado cubano
Para entender la difícil situación en la que se encuentra actualmente Cuba, es necesario examinar los orígenes del estado obrero deformado. Las fuerzas guerrilleras que entraron a La Habana bajo la dirección de Fidel Castro en enero de 1959 eran un movimiento pequeñoburgués heterogéneo, cuyo compromiso inicial no iba más allá de un programa de reformas democráticas radicales. Notablemente, sin embargo, su victoria implicó no sólo la caída de la ampliamente despreciada dictadura de Batista, respaldada por EE.UU., sino también la destrucción del ejército y del resto del aparato estatal capitalista, proporcionando al nuevo gobierno pequeñoburgués un amplio margen de maniobra.
El nuevo gobierno se vio enfrentado a los crecientes intentos por parte del imperialismo estadounidense de someterlo a través de la presión económica. Cuando Washington trató de reducir la cuota estadounidense de azúcar cubana a principios de 1960, Castro firmó un acuerdo para vender un millón de toneladas al año a la Unión Soviética. La negativa de las refinerías propiedad de los imperialistas a procesar crudo soviético llevó a la nacionalización de la propiedad estadounidense en Cuba en agosto de 1960, que incluía ingenios azucareros, compañías petroleras y las empresas de electricidad y teléfonos. Para octubre de ese año, 80 por ciento de la industria del país había sido nacionalizada. Cuba se convirtió en un estado obrero deformado con estas extensas nacionalizaciones, que liquidaron a la burguesía como clase.
La Revolutionary Tendency (RT, Tendencia Revolucionaria), antecesora de la LCI, fue forjada a principios de la década de 1960 al interior del Socialist Workers Party (SWP, Partido Obrero Socialista) estadounidense en la lucha por una perspectiva marxista respecto a Cuba. A la par que defendía a la Revolución Cubana contra el imperialismo, la RT estaba tajantemente opuesta a que el SWP adulara a Castro, retratándolo como un trotskista “inconsciente”, y al programa de guerrilla rural asociado con los fidelistas y, antes de eso, con los maoístas chinos. Como escribimos en la Declaración de Principios de la Spartacist League/U.S. en 1966:
“La Spartacist League se opone completamente a la doctrina maoísta, con raíces en el menchevismo y el reformismo estalinista, que rechaza el papel de vanguardia de la clase obrera y la sustituye con la guerra de guerrillas campesinas como camino al socialismo. Bajo ciertas condiciones, por ejemplo la desorganización extrema de la clase capitalista en el país colonial y la ausencia de la clase obrera contendiendo por el poder social en su propio nombre, movimientos de este tipo pueden destruir las relaciones de propiedad capitalistas; no pueden, sin embargo, llevar a la clase obrera al poder político. En lugar de ello, crean regímenes burocráticos antiobreros que reprimen cualquier desarrollo ulterior de estas revoluciones hacia el socialismo. La experiencia desde la Segunda Guerra Mundial ha confirmado completamente la teoría trotskista de la revolución permanente, que sostiene que en el mundo moderno la revolución democrático burguesa sólo puede ser completada por una dictadura proletaria apoyada por el campesinado. Es sólo bajo la dirección del proletariado revolucionario que los países coloniales y semicoloniales pueden obtener la completa y auténtica solución a las tareas de alcanzar la democracia y la emancipación nacional”.
—“Basic Documents of the Spartacist League” (Documentos básicos de la Spartacist League), Marxist Bulletin No. 9
En ausencia de la democracia proletaria en un estado que los obreros conquistaron directamente, la sección decisiva de las fuerzas de Castro se convirtió en una casta burocrática que descansaba en la cima de la economía recientemente nacionalizada. Debido a su posición recién adquirida, los castristas se sintieron obligados a adoptar un falso marxismo (el “socialismo en un solo país”) que es el reflejo ideológico inevitable de una burocracia estalinista, fusionándose en el proceso con el traicionero Partido Popular Socialista, pro-Moscú, que en algún momento incluso participó en el gobierno de Batista. La existencia del estado obrero degenerado soviético proporcionó el modelo y, sobre todo, el apoyo material que hizo posible este resultado.
La Revolución Cubana demostró una vez más que no hay una “tercera vía” entre la dictadura del capital y la del proletariado. En este sentido, confirmó la teoría de la revolución permanente de León Trotsky. La Revolución Cubana, sin embargo, estuvo muy lejos de ser como la Revolución Rusa de octubre de 1917, llevada a cabo por un proletariado urbano con conciencia de clase apoyado por el campesinado y dirigido por el Partido Bolchevique.
Cuba y el colapso soviético: Los antecedentes de la crisis
Lejos de la falacia promovida por varios autodenominados izquierdistas de que la URSS era una potencia “imperialista”, la Unión Soviética era un estado obrero que surgió de la primera revolución socialista victoriosa en la historia. Internacionalistas hasta la médula, Lenin, Trotsky y los otros dirigentes bolcheviques veían la revolución en la económicamente atrasada Rusia como el primer paso para la revolución socialista mundial, que debería incluir de manera crucial a los países capitalistas avanzados. Sin embargo, el fracaso de varias oportunidades revolucionarias en el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial —en particular la derrota de la Revolución Alemana en 1923— agudizaron el aislamiento del estado soviético. Esto, combinado con la devastación económica de la Primera Guerra Mundial y la subsecuente Guerra Civil, permitió que emergiera una capa burocrática conservadora en el partido y el aparato estatal.
A partir de 1923-24, la URSS sufrió una degeneración burocrática cualitativa, una contrarrevolución política en la que la clase obrera fue privada del poder político. El conservadurismo parroquial de la casta burocrática en consolidación adquirió forma ideológica cuando en 1924 Stalin promulgó la teoría de que el socialismo podía ser construido en un solo país. Este dogma antimarxista sirvió como justificación para el rechazo cada vez más franco del internacionalismo bolchevique —lo que condujo a traiciones abiertas de revoluciones proletarias en el extranjero, como fue el caso de España en la década de 1930— y a favor de intentos inútiles por conciliar con el imperialismo.
A pesar del dominio burocrático, la capacidad del estado obrero de administrar los recursos económicos de la sociedad soviética mediante la planificación económica trajo consigo grandes avances, transformando a la URSS de un país atrasado y mayoritariamente campesino en una potencia industrial moderna. Ese hecho es todavía más notorio hoy que el mundo capitalista está una vez más hundido en una crisis económica global. Sin embargo, como señaló Trotsky en La Revolución Traicionada:
“cuanto más lejos se vaya, más se tropezará con el problema de la calidad, que escapa a la burocracia como una sombra. Parece que la producción está marcada con el sello gris de la indiferencia. En la economía nacionalizada, la calidad supone la democracia de los productores y de los consumidores, la libertad de crítica y de iniciativa, cosas incompatibles con el régimen totalitario del miedo, de la mentira y de la adulación”.
El creciente estancamiento económico, exacerbado por la necesidad de seguirle el paso al masivo arsenal militar antisoviético del imperialismo estadounidense, llegó a un punto crítico en la década de 1980. El régimen de Mijaíl Gorbachov introdujo un programa de medidas con orientación de mercado (perestroika) que precipitó la fractura de la burocracia, incluso sobre líneas nacionales. En agosto de 1991, aprovechando un intento fallido de golpe de estado por parte de los lugartenientes de Gorbachov, el abiertamente procapitalista Boris Yeltsin tomó el poder en colaboración con el gobierno imperialista de George H. W. Bush. En esos días cruciales, la LCI publicó y distribuyó más de 100 mil copias en ruso de una declaración que llamaba a los obreros soviéticos a “¡Derrotar la contrarrevolución de Yeltsin y Bush!”. Sin embargo, décadas de mal gobierno estalinista habían dejado al proletariado atomizado y desmoralizado, y la ausencia de una resistencia proletaria a la marea contrarrevolucionaria pavimentó el camino para la destrucción final de las conquistas de la Revolución de Octubre.
La noción falsa de que la Unión Soviética era una potencia “imperialista” explotadora queda completamente desacreditada por su apoyo a Cuba, crucial para el progreso económico de ese país. Para la década de 1980, la Unión Soviética subsidiaba hasta el 36 por ciento del ingreso nacional cubano, intercambiando petróleo y sus derivados por azúcar en condiciones extremadamente favorables para la isla. Los enormes avances en los servicios de salud y de educación cubanos también estuvieron condicionados por los subsidios soviéticos, que en la década de 1970 permitieron al país inaugurar universidades públicas gratuitas, incluidas facultades de medicina en todas sus catorce provincias.
Después de la destrucción de la URSS, las exportaciones de Cuba cayeron 80 por ciento y su producto interno bruto se desplomó 35 por ciento. Sin el combustible, la maquinaria o las refacciones soviéticas, la mitad de las plantas industriales de Cuba tuvieron que cerrar al tiempo que el país sufría un colapso económico proporcionalmente mayor al de EE.UU. durante la Gran Depresión. Aquí vemos, en el lenguaje de la estadística dura y fría, las conquistas históricas que la existencia de la Unión Soviética hizo posibles —así como el desastre que tuvo lugar después de su destrucción—. Ésta es una clara prueba de la culpabilidad de los falsos grupos izquierdistas que hicieron causa común con las fuerzas contrarrevolucionarias de Yeltsin apoyadas por el imperialismo y que ahora ¡vituperan contra las “reformas de mercado” cubanas, acusándolas de estar vendiendo el estado obrero!
El “modelo chino”
La introducción de las “reformas de mercado” ha intersecado y provocado un intenso debate entre los intelectuales cubanos sobre el camino a seguir. Economistas influyentes como Omar Everleny Pérez, director del Centro de Estudios de la Economía Cubana, aplauden los cambios propuestos argumentando que pueden traer consigo modernización y crecimiento económico indefinido. Everleny Pérez es uno de tantos que abogan por seguir un modelo económico estilo chino o vietnamita de fomentar la inversión extranjera. Otros, en cambio, tienen la preocupación de que las “reformas de mercado” lleven a Cuba al abismo, señalando el destino de la Unión Soviética bajo la política de Gorbachov de la perestroika.
Al comparar a Cuba con China hoy en día, es importante señalar que para las dos últimas décadas de la Guerra Fría (la de 1970 y la de 1980), China se había convertido en un aliado estratégico del imperialismo estadounidense en contra de la Unión Soviética. La escisión sino-soviética en la década de 1960 fue un reflejo de ambas partes de las implicaciones contrarrevolucionarias del “socialismo en un solo país”. La política criminal de los estalinistas chinos de aliarse con Washington en contra de Moscú, iniciada con Mao, pavimentó el camino para la apertura de China a la inversión industrial a gran escala por parte del imperialismo occidental, implementada por la burocracia de Deng Xiaoping. En contraste, el imperialismo de EE.UU. ha mantenido una hostilidad implacable hacia Cuba y no da señal alguna de tener intenciones de relajar su brutal embargo, incluso a pesar de las concesiones del régimen de La Habana, como la liberación de más de 120 “disidentes” de derecha a partir del año pasado, en la que la reaccionaria Iglesia Católica jugó un papel determinante.
La posición de línea dura de Washington hacia Cuba no sólo impide la inversión estadounidense, sino que también limita la de Canadá y Europa Occidental gracias a los amplios alcances de la ley extraterritorial estadounidense. Así mismo, Cuba no tiene ni la base industrial preexistente ni las vastas reservas de mano de obra barata que alimentaron el avance económico de China durante las tres décadas pasadas. La idea de que Cuba podría tener éxito emprendiendo un modelo de crecimiento económico basado en la exportación mediante una inversión imperialista sustancial es una fantasía.
A pesar de las medidas orientadas al mercado introducidas desde finales de la década de 1970, los principales sectores económicos en China (como sucede también en Cuba) siguen nacionalizados y bajo control estatal. La inversión a gran escala por parte de corporaciones occidentales y japonesas y de la burguesía china de ultramar ha resultado, por un lado, en altos niveles de crecimiento económico y un incremento enorme en el peso del proletariado industrial chino, un acontecimiento progresista de importancia histórica. Por el otro, el “socialismo de mercado” ha incrementado enormemente la desigualdad, creando incluso una considerable clase de empresarios capitalistas nacionales en la China continental, muchos de ellos con lazos financieros y familiares con funcionarios del Partido Comunista. Como resultado, China se ha vuelto un caldero de contradicciones económicas y sociales y explosivo descontento obrero. Mientras tanto, los imperialistas prosiguen con su estrategia en dos flancos para fomentar la contrarrevolución, complementando la penetración económica con la presión y las provocaciones militares, al tiempo que abogan por los “disidentes” anticomunistas.
La burocracia cubana: Una casta contradictoria
En oposición a las posturas de gente como Everleny Pérez, otros, tanto en Cuba como al nivel internacional, argumentan en contra de seguir el modelo de “socialismo de mercado” implementado en China, un país que consideran capitalista o incluso imperialista. Un ejemplo es la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS), sección mexicana de la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional (FT-CI), una escisión de la tendencia dirigida por el fallecido camaleón político argentino Nahuel Moreno. En una declaración de septiembre de 2010 sobre Cuba, la FT-CI escribe: “Aunque con un discurso ‘socialista’ y ‘antiimperialista’, la burocracia gobernante reivindica desde hace años el llamado ‘modelo chino’ o vietnamita, es decir, un programa de marchar hacia un proceso gradual de restauración capitalista bajo la dirección del PCC, y ya viene tomando medidas que van en ese sentido” (www.cubarevolucion.org).
Al contrario de lo que afirma la LTS/FT-CI, no puede haber “un proceso gradual de restauración capitalista” ni en China ni en Cuba. La contrarrevolución capitalista tiene que triunfar al nivel político, conquistando el poder estatal. No va a tener lugar a través de un proceso de crecientes extensiones cuantitativas del sector privado, ya sea local o extranjero. La burocracia estalinista es incapaz de llevar a cabo una restauración del capitalismo en frío, gradual y desde arriba. Como demostraron claramente los eventos en la Unión Soviética en 1991-92, una crisis social de grandes proporciones en un estado obrero deformado vendría acompañada del colapso del bonapartismo estalinista y de la fractura política del Partido Comunista gobernante. El resultado de esta situación —ya sea la restauración del capitalismo o una revolución política proletaria— dependería en gran medida del resultado de la lucha entre estas dos fuerzas de clase contrapuestas. La clave para una victoria obrera sería la formación oportuna de un partido de vanguardia leninista-trotskista con arraigo entre los sectores más avanzados del proletariado.
La LTS/FT-CI trata a la burocracia cubana como si ésta estuviera comprometida con la destrucción del estado obrero. De ese modo afirma que el ejército cubano, las Fuerzas Armadas Revolucionarias, es la “avanzada de la restauración capitalista” en Cuba hoy día. Esta noción contradice la esencia misma del entendimiento de Trotsky de la burocracia estalinista como una casta contradictoria, un tumor parasitario del estado obrero y sus formas de propiedad colectivizadas. Con su asfixiante burocratismo, sus mentiras, su corrupción y sus concesiones al capitalismo, la burocracia ciertamente pavimenta el camino para una posible contrarrevolución. Pero etiquetarla en su conjunto (o a una sección de ésta) de “avanzada de la restauración capitalista” es absolver escandalosamente el papel del imperialismo estadounidense, la Iglesia Católica, los exiliados contrarrevolucionarios cubanos y los derechistas al interior de Cuba, como las “disidentes” Damas de Blanco.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/34/cuba.html
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